SI LA NATURALEZA ES LA RESPUESTA, ¿CUÁL ERA LA PREGUNTA?

Hoy casi desconfío de las ideas que no pueden formularse en una sola frase.

Abro los ojos, veo el espectáculo del mundo y, claro, me maravillo. Entonces, para pensar la maravilla, considero las dos opciones que se abren ante mí. Una: el mundo es un mundo de preguntas y mi tarea es buscar las respuestas. La otra: el mundo es un mundo de respuestas y a mí me toca descubrir de qué preguntas. Las dos actitudes son aceptables, pero muy diferentes.

En la primera actitud, digamos la actitud A, la mente se pone a sí misma en el centro del universo y se pregunta el porqué o el para qué de las cosas. Su preocupación aquí es la causalidad y la finalidad de todo lo que acontece. En esta opción las preguntas son siempre las mismas y lo que cambia, de vez en cuando, es la veracidad de las respuestas. Por este camino se llega, más temprano que tarde, al conocimiento revelado y a las creencias. La historia de las creencias es la historia de las buenas respuestas.

En la otra actitud, digamos la B, la mente intenta excluirse a sí misma del centro del universo y se preocupa más sobre el cómo de las cosas, es decir, se preocupa por la inteligibilidad de todo lo que ocurre. Este camino conduce, más tarde que temprano, al conocimiento científico y a la investigación. La historia de la ciencia es la historia de las buenas preguntas.

JORGE WAGENSBERG, “Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta” (2002)