Lecturas

¿Leo mucho? ¿Leo poco? Siempre tengo la sensación de que no leo lo suficiente. Se me ha ocurrido llevar un registro de todos los libros que, a partir de ahora, pasen por mis manos.

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Ilustración de Patricia Gutiérrez (www.lapila.org), vía Continuidaddeloslibros.com

2019

Pedro Páramo (1955), de Juan Rulfo (3ª relectura). Me encanta. Vuelvo una y otra vez a él. Nadie escribe mejor que Rulfo. ¿Cómo se puede decir tanto con tan poco?

“Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de las saponarias”.

“—Hace calor aquí —dije.
—Sí, y esto no es nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija”.

“«Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz»”.

“Allí te acostumbrarás a los “derrepentes”, mi hijo”.

Construir al enemigo y otros textos (2012), de Umberto Eco. Me lo he dejado a medias, buscaba pensamiento original pero sólo había referencias encadenadas… No obstante, del gran Eco siempre aprendo:

“Tener un enemigo es importante, no sólo para definir nuestra identidad sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”.

“Al ser nosotros seres contingentes, y por ello destinados a morir, tenemos una desesperada necesidad de pensar que podemos anclarnos a algo que no perece, esto es, a un absoluto. Ahora bien, este absoluto puede ser trascendente, como la divinidad bíblica, o inmanente”.

Biografía del silencio (2012) de Pablo d’Ors (2ª relectura). Me lo regaló Laura hace unos años y desde entonces me acompaña, como un seguro, en mi mesilla de noche. La meditación en el ámbito del cristianismo. Tengo muchas líneas subrayadas, entre otras:

“Tanto el arte como la meditación nacen siempre de la entrega; nunca del esfuerzo. Y lo mismo sucede con el amor. El esfuerzo pone en funcionamiento la voluntad y la razón; la entrega, en cambio, la libertad y la intuición. Claro que bien podríamos preguntarnos cómo puede uno entregarse sin esfuerzo. Los chinos tienen un concepto para eso: “wu wei”, hacer no haciendo. “Wu wei” consiste en ponerse en disposición para que algo pueda hacerse por mediación tuya, pero no hacerlo tú directamente, forzando su arranque, desarrollo o culminación. Lo único necesario para esta entrega es estar ahí, para captar de este modo lo que aparezca, sea lo que sea. La meditación es algo así como una rigurosa capacitación para la entrega. De manera que no hay que inventar nada, sino recibir lo que la vida ha inventado para nosotros; y luego, eso sí, dárselo a los otros. Los grandes maestros son, y no hay aquí excepciones, grandes receptores”.

“En la meditación no hay, al menos en apariencia, un desplazamiento significativo de un lugar a otro; hay más bien una suerte de instalación en un no-lugar. Ese no-lugar es el ahora, el instante es la instancia”.

“(…) podría definir la meditación como el método espiritual (y cuando digo “espiritual” me refiero a búsqueda interior) para desenmascarar las falsas ilusiones. Buena parte de nuestra energía la derrochamos en expectativas ilusorias: fantasmas que se desvanecen en cuanto los tocamos. Lo ilusorio es siempre producto de la mente, a la que le gusta distraer al hombre con engaños, llevarle a un campo de batalla donde no hay guerreros, solo humo, y aturdirlo hasta dejarle sin capacidad de reacción”.

“Cuando estoy caído, el maestro no me levanta, pero me muestra con elegancia que es mucho mejor estar de pie. Y me enseña a reírme de mis resistencias. En sus enseñanzas hay una perfecta combinación entre exigencia e indulgencia, entre humor y gravedad” (sobre Elmar Salmann, monje benedictino y teólogo)”.

Sapiens (2014), de Yuval Noah Harari. El superbestseller que había que leer (empecé al revés, por Homo Deus). Lo tengo a medias pero me está gustando más de lo que esperaba.

“La mayoría de los mamíferos surgen del seno materno como los cacharros de alfarería vidriada salen del horno de cochura: cualquier intento de moldearlos de nuevo los romperá. Los humanos salen del seno materno como el vidrio fundido sale del horno. Pueden ser retorcidos, estirados y modelados con un sorprendente grado de libertad. Esta es la razón por la que en la actualidad podemos educar a nuestros hijos para que se conviertan en cristianos o budistas, capitalistas o socialistas, belicosos o pacifistas”.

“En cambio, la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que el ecosistema no tuvo tiempo de adecuarse. Además, tampoco los humanos consiguieron adaptarse. La mayoría de los depredadores culminales del planeta son animales majestuosos. Millones de años de dominio los han henchido de confianza en sí mismos. Sapiens, en cambio, es más como el dictador de una república bananera. Al haber sido hasta hace muy poco uno de los desvalidos de la sabana, estamos llenos de miedos y ansiedades acerca de nuestra posición, lo que nos hace doblemente crueles y peligrosos”.

Calígula (1944), de Mario Camus. Sobrecogedora. Un descenso a los infiernos. Su autor dice que “Calígula es la historia de un suicidio superior. Es la historia del más humano y más trágico de los errores. Infiel a los seres humanos debido a la excesiva lealtad a uno mismo, Calígula consiente en morir después de darse cuenta de que no se puede salvar solo y que nadie puede ser libre si es en contra de otros”. Yo no lo puedo decir mejor.

“No soporto este mundo. No me gusta tal como es. Por lo tanto, necesito la luna, o la felicidad, o la inmortalidad, algo que, por demencial que parezca, no sea de este mundo”.

Hojas de hierba (1855), de Walt Whitman. Avanzo poco a poco. La poesía se lee así.

“Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,
Y espero no cesar hasta mi muerte.
Me aparto de las escuelas y de las sectas, las dejo atrás; me sirvieron, no las olvido;
Soy puerto para el bien y para el mal, hablo sin cuidarme de riesgos,
Naturaleza sin freno con elemental energía”.

Contra el fanatismo (2004), de Amos Oz. Desde una brutal confesión como ex-fanático, el autor israelí levanta la voz a favor del pluralismo religioso. Me lo he dejado a medias porque la idea está clara desde la primera página. Pero volveré a él, para recordar.

“El poeta israelí Yehuda Amijai expresa todo esto mejor de lo que yo pudiera hacerlo cuando dice: «Donde tenemos razón no pueden crecer flores»”.

“El relativismo es la habilidad de verse a sí mismo como los otros te ven, de caer en la cuenta de que, por muy cargado de razón que uno se sienta y por muy terriblemente equivocados que estén los demás sobre uno, hay cierto aspecto del asunto que siempre tiene una pizca de gracia”.

Los desorientados (2012), de Amin Maalouf. Novela autobiográfica (?) que cuenta la historia de un grupo de amigos, intelectuales libaneses, rasgados, separados, transformados por la guerra. La devoré.

“Cierto es que vuelvo a descubrir todas las noches por qué me alejé de la patria donde nací; pero también vuelvo a descubrir todas las mañanas por qué nunca me desapegué de ella. Mi gran alegría es haber encontrado entre las aguas unos cuantos islotes de delicadeza levantina y de ternura serena. Lo que me proporciona otra vez, al menos de momento, un apetito nuevo por la vida, razones nuevas para luchar y quizá, incluso, un estremecimiento de esperanza.
¿Y a más largo plazo?
A largo plazo, todos los hijos de Adán y Eva son niños perdidos”.

“Mientras tenía las manos quietas, la mente bogaba, incapaz de domeñar las ideas o de elaborar un razonamiento. Tenía que empezar a escribir para poner en orden los pensamientos. Reflexionar era para él una actividad manual. Tenía, como quien dice, las neuronas en las yemas de los dedos”.

“Que pueda convencerte para que seas tolerante con este país, para que lo aceptes como es. Será siempre un país de facciones, de desorden, de favores bajo cuerda, de nepotismo, de corrupción. Pero es también el país de la dicha de vivir, de la calidez humana, de la generosidad. Y de tus amigos más ciertos”.

“Es fácil consolarse de la desaparición del pasado; de lo que no puede uno reponerse es de la desaparición del porvenir”.

El respeto o la mirada atenta: Una ética para la era de la ciencia y la tecnología (2006), de Josep María Esquirol.

 

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